Sudáfrica después de Mandela

Entender la complicada situación política y social sudafricana sin Nelson Mandela es un ejercicio de imaginación y casi de locura. Hay tantas variables sobre la mesa, muchas fabricadas por los grupos radicales de ambos bandos (entiéndase bandos como negros y blancos), que aventurar una hipótesis sería prejuzgar la capacidad innata que el ser humano ha demostrado tanto para sobrevivir como para inmolarse.

Sudáfrica tiene la dualidad de tener un PIB que crece tan rápido como el tiempo que tarda un soplo de viento en derribar sus cientos de miles de casas de cartón y barro. Es un país ya hecho, el único de todo el continente, que cuenta con aeropuertos, carreteras y hospitales, herencia en buena parte del brutal régimen del Apartheid. Sin embargo, su incipiente democracia se sustenta en un mandato casi divino, el que dio Nelson Mandela, que ordenó mirar al futuro y olvidar el pasado. ¿Quién podía oponerse a sus tranquilas y contundentes palabras? ¿Quién más que él, tras 27 años en la cárcel, tenía razones para exigir el desagravio? Mandela decidió que en su Sudáfrica convivirían en paz negros y blancos, y nadie tuvo fuerzas, aunque sí ganas, para oponerse al gran líder.

El problema es que la idea es personal e intransferible. Su figura es una sombra que cubre todo el país y a la que nadie se ha atrevido a discutir. En cama, sin tener apariciones públicas durante meses, su sola presencia evitaba cualquier atisbo de aventura revolucionaria para los gurús de la gloria. Un libertador de la causa negra sabe que con Mandela mirando de reojo no hay opción de éxito. Nada puede ser más radical que su perdón.

Sin embargo, todos los presidentes que han sucedido a Mandela, Mbeki y Zuma, han dejado un reguero de desilusión entre sus votantes, cansados de pisar los mismos charcos de miseria.

Ahí erradica el peligro. Personajes como Julius Malema, el exlíder de la Liga Juvenil del CNA, partido del Gobierno, y que se tiene que enfrentar ahora a un juicio por corrupción tras ser expulsado de las prietas filas de su formación política, ya han lanzado un mensaje de cambio y de ‘vendetta’. Sin duda, con él o sin él, vendrá otro que recogerá la antorcha y agitará la justa causa de dejar de vivir en el basurero. Sin los ojos del padre, el hijo está legitimado a ser cabeza de familia y tomar sus propias decisiones. Nacionalización de minas y granjas son parte del mensaje que el entusiasta Julius ha lanzado entre los suyos.

Muchos le miran con recelo, otros le ven como un bobo odioso y otros ven en él al libertador que llenará sus ollas de algo más que polvo. Al menos, se cobrarán la deuda de sangre que pesa sobre algunas generaciones.

En el otro bando, la extrema derecha blanca espera este momento entre miedo y esperanza. Miedo a la matanza anunciada de blancos por los grupos radicales negros en cuanto desaparezca el venerado anciano. Esperanza en que un conflicto armado, en el que interviniera la comunidad internacional, es la única opción que tienen de convertir en realidad su sueño de tener una República Independiente del Transvaal, donde los blancos no se mezclarían con los negros.

Un trozo de tierra dentro de Sudáfrica donde al fin poder vivir en su tierra prometida.

¿Y el resto? El resto es probablemente la gran mayoría. La que nunca sale a la calle ni quema neumáticos, ni la que está armada hasta los dientes encerrada en sus granjas esperando el ataque de los maquiavélicos negros. Es también la que vive hacinada en los ‘townships’ (guetos), que se desperdigan por todo el país, sin agua ni luz.

Es también la que mantiene sus lujosas casas en barrios de blancos en las partes alejadas de las grandes ciudades. Son la clase media, ese atisbo de esperanza que ha brotado en Sudáfrica, y en la que se comparte restaurante, que no mesa, sin distinción de color. Una gran mayoría tranquila que no ha sido aún capaz de comunicarse. Viven en una tensa calma, educada, pero sin mezclarse. Para todos ellos, con Mandela se va el mandato del padre.

Los hijos tienen ahora la palabra. Cerca, en el recuerdo de todos, el inevitable espejo de Zimbabwe.

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